En la última viñeta de esa tira el papá de Mafalda decía: “Todavía no soy un joven de cuarenta y ya tengo cosas de un viejo de treinta y nueve”. Se reía recordándolo mientras se afeitaba. Le causaba más gracia ahora que cuando era un niño y lo leyó por primera vez. Ese día en el baño, quizás por una cuestión de edad, se sentía más identificado con el comentario del padre de la genia.
Perdido un poco en sus pensamientos se había puesto más espuma de la necesaría. Se lo tomó a gracia y comenzó a construir una frondosa barba blanca.
—¡Oh, jo, jo! —gritó imitando una voz gruesa.
Pensó: “¡Qué boludo que soy!” y rápidamente terminó de afeitarse.
Tenía nuestro papa Noel, que se llama Lucio, el pelo bien corto a los costados de la cabeza y un poco más largo arriba; una pelambre ligeramente argentada que ya empezaba a ralearse sobre la frente. Esta era ancha y estaba partida por un corte horizontal, a la manera de los simios, justo arriba de unas tupidas cejas. Sus ojos, de un ámbar oscuro, eran quizás su rasgo más interesante. Tenían la camaleónica propiedad de dirigir miradas entre duras y afables; según su estado de ánimo o la perspectiva del objeto de su mirada.
Un resto de espuma, como una mota de merengue, le colgaba del lóbulo de la oreja izquierda. Quizás unas orejas algo delicadas que, junto con su pequeña boca, desentonaban un poco con el carácter varonil que ostentaba el rostro en su conjunto. Todo subrayado por una quijada cuadrada y tapizada con una gruesa barba prolijamente cortada; siempre delineada con precisos navajazos. Su cabeza, de gran tamaño y algo ovalada, se sostenía sobre un cuello robusto que bien podría haber sido un Atlas.
Cuando hubo terminado con las abluciones matinales, de soslayo y por el rabillo de su ojo izquierdo, se puso a admirar su perfil preferido en el espejo.
Y si me despierta el día presumido
déjame quedarme un poco en las alturas
Para qué contar el tiempo que nos queda
para qué contar el tiempo que se ha ido
si vivir es un regalo y un presente…
Saliendo del baño le dio de lleno al borde de la puerta con el dedo chico del pié. Un alarido y una puteada acompañaron al obligado masaje pos traumatismo: “Sana, sana colita de rana…” conjuró nostálgico. Después vino el alivio de los segundos y un analisis consciensudo de sus pies.
—Tengo pezuñas en lugar de uñas —meditó en un susurro—. ¡Qué patas más feas!
Ya eran las ocho de la mañana y todavía no se podía despavilar. La cama se le ofreció como la más tentadora de las sambullidas. Se dejó caer con los brazos abiertos cruzando las piernas bien estiradas; el cristo con toalla-rabo y corona de resaca miraba el cielo raso recordando, no sin que lo invadiera cierta ignominia, las cosas que había dicho la noche anterior en la habitual tertulia en casa del Narigón.
La noche anterior en la casa de Andrés —el Narigón—, Jorge, Ezequiel y el afitrión, conversaban sobre el buen momento que atravesaba Racing.
—Ya se nota la mano del Chacho, ¡papá! —dijo Andrés con entusiasmo racinguista—. Tenemos que seguir así, este equipo no tiene techo.
—No, no tiene techo —ironizó Jorge—. Ustedes siempre igual, ganan dos partidos ¡y ya se creen campeones!
—¡Callate, pecho frío! — contratacó Andrés—. No tenes cara, ustedes, si no fuera por la manito que le dan los árbitros, ¡no ganan un partido!
Finalmente Ezequiel, que no era un fan de la redonda, le puso fin a la disputa alegando que si no la cortaban con el fútbol, se volvía a su casa.
Mientras tanto, Lucio estaba esperando un taxi en la esquina de su casa. La noche estaba fresca y el cielo despejado. Se quedó mirando las estrellas que escapan al cegador halo de luz del gajo de mármol de carrara que representaba la luna en aquella fase. Pensaba en la noche y en cuánto más le gustaba la ciudad a esas horas. Cuando el incesante trajín se apagaba y se encendian los farolitos en las plazas y calles. A la hora en que la mayoría de los hombres vejetaban delante del televisor, después de haber abandonado la capital en largas colas de chatarra y caucho o asinados en alguna de las tortuosas opciones que ofrecía el trasporte público. Muchas veces había sopesado la idea de irse de aquella olla de cemento a presión, de escaparse del bullicio y establecerse en algún indomito paraje de la Patagonia. Pero a quién iba a engañar, la alienación de la ciudad era un precio que estaba dispuesto a pagar. Dios estaba en todas partes, pero atendía en Buenos Aires.
Desde un balcón, donde su vecina fumaba un tabaco cubano, le llegó su saludo. Él le respondió con una reverencia que hizo reír de buena gana a la vieja. “Qué buen pibe este, lástima que viva de noche”, pensó María Luisa.
El taxi no venía y ya se estaba impacientando. En eso le suena el teléfono.
—¿Qué haces, viejo? —le escuchó decir María Luisa. No, la verdad es que no pude ir; anduve haciendo varias cosas. Cosas, papá. ¿Por qué me hablas así? Así, con ese tonito. Bueno; sí, ¿sabes qué? Mejor hablemos en otro momento. ¿Cómo?
La anciana oriuda de Ciego de Ávila se cansó de aquella comedia y se fue adentro. Lo último que vio cuando cerraba la buerta corrediza del balcón fue a Lucio alejando el teléfono de su oreja y haciendo muecas mientras los sostenía en el aire. Ella sacudió la cabeza desaprobando esa conducta.
Después de aquella breve llamada, el chico quedó algo molesto. Por eso no fueron ninguna sorpresa los malos modos con los que se dirigió al taxista, quién para sí dijo: “Mira si será forro este salame”, ni el escandaloso soliloquio que dio en lo de Andrés cuando, después de varias copas, defendió a capa y espada a un fulano que había sido tapa de los diarios por un magnicidio.
